Alto Contraste

Wilson Calderón / Un colombiano continental.

Manuel Rueda / Escritor y periodista / Catálogo exhibición  / República Domiunicana.

 

Pintura Americana por donde se la mire, desde el bulto descarnado y el amasijo de los huesos hasta la luz hiriente que traspasa el conjunto, ajena a los arrequives del color, aplanando la tela en una ambientación de Juicio en el que toda una raza se doblega, obediente, ante el tremendo anatema. Más que el lirismo de las mesetas centrales, tan caro a Jorge Isaac, avistamos los visajes ocres del Huasipungo, con los que Icaza modeló el dolor de la indiada desposeída y hambrienta, desenterradora de cadáveres en la desolación de las punas.

O sea que la tierra natal del pintor, las imágenes de una niñez deslumbrada se amplían aquí a todo un continente y a pesar de esas guitarras ocasionales con las que Colombia desea reivindicar sus ancestros hispánicos, lo que oímos, porque lo estamos viendo con una intensidad que nos duele en lo profundo, es la voz de las quenas, un gemir de trutrucas araucanas, de cañas y caracoles soplados en las escarpaduras de los Andes.

Tal vez podríamos seguir las huellas de unos pocos maestros: de Kingman, o de Guayasamín, o de Tamayo, pero Wilson Calderón, pese a su gran juventud, ha conseguido entonación propia, que equivale a decir pulso propio, ya que se ha propuesto desafiar las fronteras geográficas, cuestionar las limitaciones de una visión atomizada por la propaganda, para descubrir en la lontananza de una siquis atormentada la imagen madre que todos llevamos en la sangre, principio y fin de nuestros desvelos.

No sé que futuro aguardará a este pintor que se atreve a empezar por el fin. Después de semejante catástrofe, tierra y hombre tendrán que esperar una salida o sumirse en el aniquilamiento total. ¿Amará el pintor lo justo a sus criaturas para delinearles un nuevo camino? ¿Será el mundo para él lo suficientemente generoso como para brindarle la oportunidad de un renacer? El ardor de su juventud nos abre esa esperanza, la vehemencia de sus trazos la implantación en vivo de otras formas, pues si con las que ahora quedan plasmadas ha creado una realidad, aunque fantasmal, irrebatible, tal vez ellas operen al mismo tiempo como un exorcismo, como una manera de diferir para siempre la muerte definitiva.

Pintura americana, sí , aunque muy intrañable, muy suya, que moverá a muchas reflexiones, porque nunca podrá dejarnos indiferentes el drama que con tanta maestría se nos cuenta.