El arte del amor sin palabras

Esta semana aprendí en la vida real la importancia de una comunicación sincera y recordé que como pintor no debo olvidar que una buena obra de arte debe establecer una comunicación íntima con el observador, al igual que sucede en la vida real entre personas, que pueden expresar sus sentimientos y tener una íntima relación emocional significativa, aun sin cruzar palabras. Ejemplo de esto es el caso que les voy a contar.Experiencia

Este fin de semana visité a mi padre y tuve la oportunidad de hablar con él asuntos que durante mucho tiempo no habíamos tocado. Hablamos acerca de mamá, de mis hijos, de su bisnieto, de mis hermanos, de mi esposa y de como se sentía en su lucha contra su larga enfermedad, la cual se ha sumado a sus 88 años de vida. No descarté ninguna pregunta y él no escatimó en sus respuestas. Fue muy emocionante poder comunicarnos de la manera que lo hicimos; me miraba a los ojos con gran ternura, me agarraba las manos y sonreía mientras me contaba historias y anécdotas de su juventud y de nuestros familiares cercanos. Al compartir ese momento con mi padre, descubrí sentimientos que hasta el momento quizás no había experimentado: quería llorar y no podía, quería reír y no podía, quería decirle lo mucho que lo quería y papá ponía su mano en mi brazo y me miraba silenciando mis palabras.
Transcurrieron las horas entre historias, sentimientos, secretos y muchas otras cosas que él en su vejez y yo en mi madurez como hijo logramos decirnos. Este encuentro a solas con mi padre terminó cuando nos interrumpieron las enfermeras quienes llegaron para llevarlo al comedor para cenar.
Esta experiencia trascendental para mi, me enseño que los sentimientos, en ocasiones, no necesitan las palabras para ser entendidos.
Mi padre, a perdido su sentido del oído al 100% y su voz ya casi no sale de su boca, está muy débil y delicado de salud, por ende nuestra larga conversación fue en silencio, sin palabras, no me escuchaba y no podía hablar. Yo hablaba y él me miraba, yo le decía lo mucho que lo quería y el me respondía con una tierna mirada. Él me contaba su vida en total silencio colocando su mano sobre la mía, y yo solo escuchaba  con mucha atención y sin interrumpir. Antes de salir de la habitación, simplemente se despidió hablándome en voz baja,  “Mijo, lo más importante de todo, es que esté aquí acompañándome”

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