Con alma las telas de Wilson Calderón

Mario Alegre Barrios / El Nuevo Día / San Juan Puerto Rico

 

De donde viene, el clima es mas frío y mas grises los días.

De donde viene, la gente acostumbra mirar distinto, como con el alma en pena y la tristeza a flor de piel. De donde viene, vienen también los personajes que lo habitan desde mucho antes de imaginar siquiera que algún día poblarían sus sueños, sus días y sus telas como cómplices de una realidad de luces y sombras.

Como Guayasamín, Wilson Calderón siente a veces que lleva tres mil años pintando, siempre en pos de la obra perfecta que se esconde mas allá de los cuerpos y las almas de esos seres olvidados de la mano de Dios que ahora se convierten en el coro que da sustancia a la exposición Cuerpos y Almas que esta noche a partir de las 7 se inaugura en la galería Canvas Fine Art, ubicada en el numero 305 de la calle Recinto Sur del Viejo San Juan.

Residente en Puerto Rico desde hace varios años, el artista colombiano marca con esta exhibición su primera aparición en una galería comercial, luego de su debut en el ambiente de las artes plásticas del país en 1997, cuando su obra fue huésped del Museo de las Américas, con la secuela de otra muestra en el vestíbulo de las oficinas de las agencias de publicidad de De la Cruz y Asociados.

“Sentí que ya era tiempo de incursionar en un espacio de esta naturaleza por varias razones, entre ellas que es un desafío y que ya llevaba varios años haciéndome cargo de todo lo relacionado con el montaje de mis exposiciones”, apunta el artista, quien se desempeña como publicista al frente de su propia agencia, denominada Mente Creativa, Inc. “ Por otra parte, elegí la galería Canvas porque me parece un espacio fantástico. Conocí a Jency Rodríguez, su director y me cayó muy bien, un tipo muy frontal que me inspiro mucha confianza”

Entre los personajes que poblaron las obras de Wilson en aquella ya lejana exposición en el Museo de las Américas y los que ahora las visitan, su creador considera que la línea que define a los últimos se ha liberado. “Aquella obra era mas densa, de línea mas fuerte y pesada”, explica. “Ahora ese rasgo se ha relajado un poco para dar mas aire a los protagonistas y que el drama tenga otro tipo de tensión. Creo que esa es parte de la influencia del Trópico…los colores siguen anclados a la tierra, pero se han aclarado un poco. Vengo de tierras de climas mas fríos y grises, donde esa atmósfera tiñe la obra. “

En la misma línea de pensamiento, Wilson añade que en países como Colombia donde nació y en Venezuela donde vivió bastante tiempo la gente es marcada por problemas que no tienen la misma escala en Puerto Rico. “Allá si que hay una pobreza real y hay mas desesperanza”, apunta. “Puerto Rico no padece de eso de manera tan aguda…en realidad aquí no hay ese tipo de pobreza extrema. Por eso a veces siento que aquí la gente no debería quejarse tanto y ser mas feliz…mucho mas feliz. En este lado del planeta y en este país en particular me parece que la gente es en cierta manera mas solitaria, a pesar de que tiene mas acceso a mas cosas materiales. Como que no saben estar solos y tampoco saben que hacer con su soledad, necesidad que se pretende aliviar a través de los centros comerciales. Este es un escape para aliviar la soledad que se vuelve insoportable cuando se pasa a solas. Creo que mi pintura es un llamado a hacer una reflexión respecto a esto. Al cabo de todo este tiempo, considero que sigo siendo un cazador de imágenes para poder representar los sentimientos que nos vinculan como seres humanos.”

En el catálogo que documenta esta exposición Wilson recuerda que la búsqueda de sus imágenes comenzó un día gris, lluvioso, un perfecto escenario para el desespero y la angustia de batallones de almas”. “Era un entorno melancólico que lanzaba ráfagas de agua que, al chocar con la tierra, se convertían en inundación y en una barrera que inmoviliza la esperanza de la gente que, con ansiedad, deseaba que se abriera un espacio para que sus sueños de pobreza pudieran llegar hasta su casa, donde les esperaba el sosiego, tranquilidad y vacío de su indigencia”, evoca. “Un instante bastó para ver y reconocer a los protagonistas de mis lienzos, quienes estaban a merced de la lluvia y de la inclemencia de la desesperanza, pidiendo una oportunidad para escenificar un extenso guión escrito para ser interpretado por sentimientos en situaciones comunes y corrientes de la vida. ¿Cuerpos y almas? Si, juntos posaron para mí por un momento y grabaron en mi conciencia imágenes que han ilustrado por mas de 20 años mi obra como pintor.”

Con una obra que se gesta a partir de su inconformidad con el mundo que lo rodea y los vicios inherentes a la naturaleza humana, Wilson comenta que el drama se exacerba de manera inexorable cada vez que termina una obra y descubre que la fidelidad absoluta con la idea original que la engendró no se concreta. “Nunca consigo de manera plena lo que deseo y de ahí, de esa insatisfacción entre otras cosas – parte mi continua entrega a la tela. Es ir en busca de ese cuadro perfecto que nunca se alcanza. Siento que esto, perseguir la perfección, es muy humano…y morir en el empeño, más. Quizá es una búsqueda quijotesca, pero eso me place y me gusta lo que hago. Con estas imágenes pretendo hacer ver a la gente lo que no se ve en realidad aparente.”

Con un dejo de resignación, Wilson revela que si bien sus personajes siguen los destinos que el les designa en la blancura inmensa de la tela, es cierto también que suelen ser muy crueles”. “Pocas veces sueño dormido, pero cuando lo hago, ellos son los que me visitan y me atormentan”, confiesa. “A veces lo hacen antes de aparecer en el lienzo y en ocasiones cuando ya lo hicieron. Entonces me dicen como pudieron haber quedado mejor y me obligan a comenzar de nuevo otro cuadro para seguir tras ellos…es un conflicto muy grande. Por otra parte, la musa viene odiosamente de los problemas. Cuando me siento anímicamente bien no puedo pintar. Los problemas son los que me empujan a hacerlo. Pinto a partir de lo que no se ve, quizás a partir de la parte más oscura.”

La relación de amor y odio que Wilson establece con cada una de sus obras implica también un dialogo en el que la tela lleva la batuta y establece el fin del proceso creativo.”Es usual que sea el cuadro el que me pide que lo deje descansar”, comenta. “A veces me vuelve hablar a veces no. Algunos me han vuelto a llamar después de quince años, pero ya no me he atrevido a tocarlos. Por lo que a mi respecta, el momento de estampar mi firma en la tela sella el acuerdo y desde ese instante soy incapaz de hacer un trazo mas en esa pintura. En ocasiones queda la duda pero trato de no angustiarme. Uno de los miedos mas grandes es el que me inspira el lienzo en blanco, vacío odioso al que trato de imponerme porque ese es un espacio que tiene la misión de aguantar lo que yo quiero poner ahí. Es un proceso muy intenso, de grandes frustraciones y también de enormes alegrías. Pinto para nadie y para todos, nunca con un espectador determinado en mi mente. Para mi hacer lo que hago es un compromiso de vida. Crear personajes es como tener hijos: los pongo en el mundo para exponerlos a un publico que los va a criticar, que los va a amar y que también los puede odiar”.

El día que deje de ser así, la magia se habrá terminado, ese conflicto eterno es la savia de los personajes de Wilson, de esos seres que lo acorralan, que a menudo le dicen cosas que no le gustan y que pretenden inexorablemente domar para convertirlos en heraldos de un mundo en el que la sensibilidad por el prójimo es el mejor rasgo de humanidad.