Sentir América en los cálidos mates de cal y canto en Wilson Calderón.

E. Almenas Rosa / Periódico Claridad / Puerto Rico

 

De vez en cuando la obra de algún pintor de la nunca tan lejana mas desgarrada America Nuestra nos premia con un paraje reintegrador aquí en la isla. Esta que ahora se expone en la Galería De la Cruz (Office Metro Park, Guaynabo) la monta el colombiano Wilson Calderón, caminante de arraigos y tradiciones solariegas, eminentemente americanas, y por tanto como se verá buen mimo espiritual de la Patria Grande. Son trabajos en óleo, dadivosos en impactos sobre tela de saco, cartón y papel que alterna entre caqui de empacar, y el de fina estraza clara confeccionado a mano. Domina en la muestra el dibujo, diremos no ya a rayas, sino a surcazos discontinuos en negro puro, fuerte, y cuya tónica escultural devuelve a la memoria al impetuoso y hoy olvidado Neisviestni. A menudo los altos contrastes en los cuerpos se ejercen con la pigmentación a medio secar. En otros lugares dejan la impresión del raspado en seco con la espátula.

Amplios trechos en las geometrías del fondo imitan la huella de la esponja untada. Y tal como en la pintura de los sepulcros dinásticos en Egipto, se entrecruzan los miembros de las figuras sin mas perspectivas que la de los traslados laterales del primer plano.

Dos motivos recurrentes se evidencian así y retumban al cabo de una pausada ronda primeriza por la galería: la vasija de barro, que aparece mas de una vez en algunas piezas, y las enfáticamente tensionadas extremidades de la figura humana, sobre todo la manos y los pies. ¿A que viene, sin embargo tan extraña conjugación? Tomemos por separado la primera imagen. Sabíamos por Mircea Eliade que desde las sociedades mas arcaicas, muy anteriores al Pentateuco inclusive el barro ha representado la unión genesiaca entre la tierra, gran madre receptiva, y el poder de transformación que sobre ella agencia al agua. La plasticidad resultante de la mixtura fresca es en efecto una de sus características esenciales, por lo cual, en el sistema conductivo del símbolo, análoga como anillo al dedo para consignar los estados nacientes y las mutaciones progresivas de las entidades biológicas. Gaston Bachelard había descubierto en el barro el principio arquetípico de la regeneración, según lo repite también el Eclesiastés, y a quien hallaremos útil aducir de nuevo sea para calmar ese inoportuno prurito del ojo por explicarse la imaginería de estos trabajos.

Mientras, atendamos que dicha co-elementación en forma de receptáculo ha sido asimismo metáfora de sustento y exaltación espiritual. Agua, cereales, licores, perfumes, prendas y hasta los huesos de los mas queridos se han conservado en el para despenar la vida aún después de la muerte. La vasija de barro encarna, pues y para acotarlo según el Apocalipsis secular de Gabriel García Márquez, la ultima gran via de los negados a un segundo acierto en América.

Hemos dado con la piedra de toque en cuanto a la otra imagen: en la circunstancia pictórica de Calderón, esas manos y pies nervudos vienen a constituir, ya por sus rasgos equiparables con el barro, expresión de aguante y de virtud regenerativa. Si el mundo de Calderón sigue en pie y aferrado a su dignidad pese a la artritis de los nudillos en dolorosa flexión, al torso sin vísceras y a la deshidratada vejez, ello quizá se deba a su devoción, implacable, por lo siempre naciente y mutacional. “ Sale el sol, y se pone el sol, y se apresura a volver al lugar de donde se levanta”, ejemplifica el Eclesiastés.

Aquella escena que el pintor nos relatara con el entusiasmo de una revelación acerca del alfarero en México que, absorto y transpirado, daba forma con sus curtidas manos a la masa que giraba sobre el torno, igual que como lo hicieron sus antepasados mil lustros antes, ha debido grabarse en su recuerdo ultrasensible como experiencia de reclamo contra “la vanidad de vanidades”. No es, sin embargo, el ritual casi exasperante por explicar, sino por sentir ese ciclo solar genitivo que ahora se nos vierte en cálidos mates de cal y canto, lo que debería interesarnos más.

A diferencia de los infieles entre los artistas de hoy en Puerto Rico, que por recusada insularidad artificial suelen cautivarlos las escapatorias modales a guisa y dechado del comentarismo asimilista (el desmemoriado sálvate tú cómplice del mejunje posmo), la pintura de Calderón evoca un sereno de dimensiones continentales, no tanto por la raigambre geográfica de su voz como seria por una larga tenacidad de hormiga brava en torno a la cual apenas se enteran los adictos de la inmediatez, o del way out al sofoco de las deudas y la inercia que los periodicuchos del comercio aquí celebran como “progreso” . Sentir el fenómeno visual de Calderón, la naturaleza de los ancestros en su uña, su música, su estuco, su mesa, su flor y su pecho de consuelo, es contagiarse en clave norteamericana de lo que los globos llaman “mood” conforme nos llega el termino a través del ingles actual y que en nuestra lengua aproxima la idea de cierta mentalización, de un trance o total apego del espiritu, y sobre todo de un coraje sin edad que en la verdadera Patria Mayor podría ser el de haber sobrevivido con las venas abiertas el saqueo y el vejamen de siglos a las espaldas.

Hay a quienes les conmueve esta “temática tormentosa” que infunde su pintura, refiere el propio Calderón, quien replica a su vez no estar “inventando nada”. Como en la frase clásica de Monterroso respecto al texto literario, cabe decir que en la pintura del colombiano que nos visita tampoco hay nada pintado. El factor diferencial – su poesía al embrujo notable de lo que Louis Hourtiq compendiaba en relación con las artes de la antigua China como “un paralelismo entre la naturaleza y el alma humana” – consiste en cómo extrema el colorismo de la pobreza y la fe, la línea de lo rutinario y lo circular, y la profundidad en la resistencia del platino bajo el pliegue magro de la carne, por lo demás muy reales y gratuitamente ofrecidos a la vista del viajero común. Son formas terrenas al modelado de una conciencia estética aguda sobre lo primigenio y continental detenidas en el cumplimiento y la redención de quien todavía crece, busca y y encuentra como todo peregrino de nuestras tierras.

El autor es profesor de humanidades en la Universidad de Puerto Rico, Río Piedras