Un pintor en el paraíso

La mitad de mi vida la he vivido en lugares maravillosos, lugares tropicales que embriagan con su belleza, enamoran con su clima, montañas, valles y playa. Lugares donde trescientos sesenta y cinco días al año sientes como si estuvieras de vacaciones.

En este paraíso he desarrollado gran parte de mi obra y aunque he tenido que utilizar recursos que están más allá de la armonía tropical para estimular la musa y encontrar inspiración para desarrollar imágenes que escenifican sentimientos, el tema principal de mis pinturas durante muchos años.

En estos lugares paradisíacos, donde he tenido la suerte de vivir, increíblemente, hasta la gente más humilde y desvalida parece ser feliz, afectando notoriamente mi motivación y búsqueda del “drama”. Aquí como en muchos otros lugares, hay grandes desigualdades sociales y culturales, marcados contrastes entre lo bueno y lo malo, lo mucho y lo poco, pero todos, en una aparente armonía se toleran sin mucho miramiento, una pizca de hipocresía y altas dosis de buen humor. Aquí las tristezas no se dejan ver. Aquí se usa una máscara para ocultar los vicios y desesperanzas. El bienestar se viste con ropa de marca, se transporta en autos lujosos, y viaja a Disney para airear las penas.

Todo esto ha hecho muy difícil mi búsqueda de imágenes. He tenido que crear un mundo a mi alrededor que me ayude a pintar lo que siento y lo que debo pintar. Afortunadamente para mi, existe el excitante mundo de la publicidad, del cual además de suplir mis necesidades económicas, también me genera una oleada constante de estrés, angustias, y muchas otras cosas que crean para mi un paraíso de inspiración, el cual utilizo con gusto para esbozar y para llegar a las imágenes que hablan e inmortalizan los sentimientos y que luego se evidencian en mis telas.

Definitivamente, el que afirmó “nadie está conforme con lo que tiene”, tenía razón: si tienes silencio pides ruido, si quieres vivir en un lugar frío, terminas viviendo en uno caluroso, si te gusta bailar, consigues una pareja que no baila ni en sueños.

Sinceramente, nada es suficiente para complacer al ser humano, y yo no soy la excepción.

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