Más allá de la piel. Wilson Calderón

Laura Calderón / Arquitecto / Catálogo exhibición  / Puerto Rico.

 

En una tarde lluviosa cuando en una esquina, atrapado en medio del tráfico, Wilson Calderón tuvo una revelación que seria crucial en su vida artística. La escena no parecía distinta a la de todos los días: varias personas apiñadas en espera del autobús, con el gesto tan gris como el cielo.

En ese momento – al ver esas miradas infinitamente tristes – Wilson experimentó la certeza de que esos seres estaban atrapados en una monotonía terrible, sin la promesa de un mañana distinto y que al día siguiente – y así por siempre – estarían en el mismo sitio, sin otra cosa que esperar…sólo el autobús.

La experincia lo marcó para siempre y en ella comenzaron a gestarse las imágenes que dan sustancia a Sentimientos, exposición que será inaugurada este martes a las seis de la tarde en la sala 7 del Museo de las Américas como parte de las “Noches de Galerías” que mensualmente tienen como escenario el Viejo San Juan.

“Siempre quise contar a través de las imágenes, mas que con las palabras”, dice el artista colombiano, quien recientemente hizo de la isla su hogar.

Con una niñez normal, gastada tirando piedras y jugando fútbol en su Bogotá natal, Wilson tuvo, como primera inquietud ser bombero, algo que en cierta manera se hizo realidad ya que ahora – según dice – “apaga incendios” porque en el mundo de la publicidad, que es en el que se gana la vida eso se hace todos los días. Desde muy temprano tuvo inclinación por las Bellas Artes, pero en su hogar lo desalentaron, hasta que termino estudiando publicidad y mercadeo. No obstante, con el tiempo doña Lucia y don Gerardo – sus padres – se convirtieron en los primeros admiradores de sus pinturas, intentos modestos de autodidacta y sin las aspiraciones que caracterizan su obra actual.

“En mi hogar no había muchos recursos para comprar materiales y mis padres se esforzaron al máximo para darnos a todos los hermanos la oportunidad de asistir a la universidad”, recuerda. “Entonces pintaba a una escala mucho menor, experiencia que me permitió desarrollar un claro sentido de proporción y empezar a dominar otros aspectos del oficio, especialmente la composición. Poco a poco me fui estimulando al ver que las cosas empezaban a salirme más o menos bien.

A partir de entonces Wilson comenzó a desarrollar una temática que muchas personas han calificado de “tormentosa” , apreciación que no le molesta. “Tal vez ese sea un calificativo adecuado pero no me estoy inventando nada”. Explica.”Simplemente hay que salir a la calle y ver con los ojos del alma la miseria que la inmensa mayoría de la gente lleva por dentro, aunque en apariencia no se perciba así”.

El alma y los sentimientos han sido precisamente cauce en el que consistentemente ha navegado la obra de Wilson. Rostros y cuerpos descarnados de lánguida mirada a los que sólo les queda como posesión una dignidad irreductible. “El ser humano puede perderlo todo incluso los sueños, pero nunca la dignidad”, asevera. “Se que existen verdaderos maestros en el arte de pintar las cosas en su apariencia: una flor, un valle o el mar, por ejemplo. Y lo hacen tan bien que me he dado cuenta de que yo jamás podré hacerlo así, por eso me he dedicado a explorar aquello que está más allá de la superficie, más allá de la piel.”

Wilson comenta que nunca ha vivido de la pintura, sino de la publicidad y que esa independencia entre sus necesidades económicas y su obra le ha brindado una libertad extraordinaria. “Pinto lo que quiero y, mas que eso, lo que necesito expresar”, afirma. “Nunca había considerado la posibilidad de exponer mis obras, hasta que unos amigos las vieron. Me convencieron de que valían la pena y de que seria interesante para otras personas tener la oportunidad de conocerlas y reaccionar a ellas. Me siento expectante con esta exhibición, como si fuese a desnudar mi alma ante los demás, sin imaginar siquiera lo que sucederá.”

Aunque pudiese parecer lo contrario por la naturaleza de su obra, el proceso creativo no es para Wilson algo angustioso. “Al contrario, es muy tranquilo y lo disfruto inmensamente”, señala. “Su maduración es bastante pausada y gratificante. De hecho, ya tengo en bocetos obras para los próximos dos años. No improviso. Hay quienes lo hacen de maravilla, pero yo no puedo. Si, soy muy espontáneo en el boceto, pero rara vez me aparto del diseño original, hasta que siento en el centro del pecho y que no por la razón, que la obra esta terminada. Ese momento es muy especial, sobre todo cuando me doy cuenta de que existe fidelidad entre lo que veo en la tela y la idea original de la que fluyó”

Renuente a creer en la existencia de lo que los románticos llaman “musa” Wilson explica que el mejor estimulo para pintar lo encuentra en los problemas. “Creo que trabajar en el campo de la publicidad es muy favorable para mi oficio de pintor” explica. “Ahí los problemas nunca faltan y, cuando son mas intensos, mejor dispuesto estoy para pararme frente a la tela y pintar lo que pinto. Si de un lugar puedo obtener inspiración, es de ese otro mundo en el que a diario me sumerjo profesionalmente. Si estoy muy tranquilo, simplemente no puedo pintar.

En un breve ensayo escrito para el catálogo de la exposición de Wilson titulada Alto Contraste – realizada el año pasado en el Voluntariado de las Casas Reales de Santo Domingo- Manuel Rueda reflexiona: “ No se que futuro aguardará a este pintor que se atreve a empezar por el fin. Después de semejante catástrofe, tierra y hombre tendrán que esperar una salida o sumirse en el aniquilamiento total. ¿Amara el pintor lo justo a sus criaturas para delinearles un nuevo camino? ¿Será el mundo para el lo suficientemente generoso como para brindarle la oportunidad de un renacer? El ardor de su juventud nos abre esa esperanza. La vehemencia de sus trazos han creado una realidad que, aunque fantasmal, es la mismo tiempo como un exorcismo, como una manera de diferir para siempre la muerte definitiva.”

Finalmente, el artista comenta que siente su obra como algo muy universal. El drama que plasma en ella es común a los seres humanos de cualquier lugar de la tierra, lo único que cambia – quizás – es el color de la piel o del idioma. Hace algún tiempo un ucraniano le hablaba del sentimiento de soledad que flotaba en su pueblo, de los grises que eran sus días y de la manera como rogaban, incluso, por un poco de sol. Seres así son los exaltados en la obra de Wilson, para quien las imágenes son más elocuentes que el verbo.